¿Por qué NO queremos que rescaten a inmigrantes a la deriva en el mar? | “Los Otros” |

La epopeya épica del náufrago es uno de los clásicos más recurrentes de la historia de la humanidad. Hombre abandonado a su merced en el mar o en una isla desierta. A punto de morir pero siempre rescatado en el último momento cuando, finalmente, otros seres humanos se dan cuenta de su situación y corren a poner al náufrago sano y salvo.

La misma historia, en muy diversas formas y matices, ha sido llevada a la literatura y al cine en cientos de ocasiones. Lo que nunca pasaba en ninguna concepción del argumento es que, al darse cuenta de su situación, los otros seres humanos optaran por mirar a otro lado. Por abandonarle, por dejarle morir.

Sin embargo, en los últimos tiempos, el guión ha tenido un giro ciertamente desolador. Un cambio en el cuento en el que podemos defender, sin miramientos, un final en el que voluntariamente, no se rescata al náufrago a la deriva en altamar. Es decir, aún sabiendo que la alternativa es, directamente, la probable muerte de la persona, buscamos argumentos en las consecuencias, los orígenes, los matices o la sinrazón para negar esa ayuda.

Y en un mundo que se está polarizando rápidamente en este sentido, queríamos analizar las razones que pueden llevarnos de manera tan mayoritaria a la cerrazón contra el diferente, a la veneración como ídolos de criminales como Trump, Lepen, Salvini, Johnson, Orban, etc. – la lista es larga- o a situaciones que han llevado a países a verdaderos tiros al pie (es decir, el Brexit).

Incluso países emblemáticos por sus avanzada sensibilidad en materia de derechos humanos, como Suecia o Holanda, hace tiempo que cayeron en la espiral del discurso del odio como fuerza protagonista (las elecciones del próximo domingo en el primero de los países mencionados, así lo corroboraran). En España, donde este debate era irrisorio en comparación con la mayoría de los países occidentales, no han tardado demasiado en alzarse voces contra el “buenismo” (entendido como no dejar morir a gente) o contra los “papeles para todos” (como si esa fuera la solución simplista propuesta por los adversarios políticos) a la mínima oportunidad. Y es que la derecha nunca tarda en intentar aprovecha todo el miedo que nos dan “los otros”, los de fuera. Y no dudamos que irán aprovechando esta estrategia, tan efectiva como mezquina, cada vez más.

¿Cuáles son las razones principales que nos han llevado a este fenómeno global de negarle sistemáticamente la ayuda a una persona que morirá sin ella?

1. La escasa inteligencia humana. Pese a que como animales tendemos a sobrevalorar nuestra propia inteligencia, lo cierto es que ésta es limitada y nos impide en muchas ocasiones un análisis no emocional o no egocéntrico de la realidad. Dentro de las consecuencias directas de estas limitaciones intelectuales, encontramos los más obvios errores de percepción, fatales para la generalización de la que se alimentan los prejuicios contra la inmigración. Y es que una sola persona de color en un pueblo de 5.000 habitantes puede ser vista como una potencial amenaza. Independientemente de que haya un alto grado de corrupción o delincuencia local, el cerebro de mucha gente actúa solamente cuando vemos un intruso, que no se parece tanto a nosotros y que ha llegado para “delinquir” y para “robarnos el trabajo” (dando pie al ingenioso inmigrante de Schrödinger, que te roba el trabajo pero a su vez es demasiado vago para trabajar y prefiere vivir de ayudas sociales). Da igual que tu alcalde y su equipo de gobierno hayan desfalcado tu pueblo sin ninguna resistencia, el peligro real es el pakistaní. Es el “colegueo” blanco.

Las encuestas así lo corroboran. En España, la percepción del número de inmigrantes es de más del doble que la cifra real (el número verídico gira entorno al 10% mientras que la percepción de dicho número llegaba el pasado año -antes de la mayor presencia mediática del asunto- al 24%). En Estados Unidos, dicha sensación se triplica (la creencia de los americanos es que existe un tercio de extranjeros cuando la realidad es que suponen el 12% de la población) y en Italia se dispara (con una tasa de extranjeros del 7%, la percepción es hasta cuatro veces superior). De aquellas aguas, estos Salvinis.

2. La posverdad. Intensamente unido con el punto #1, la retroalimentación de ambas es necesaria para entender el fenómeno en todo su conjunto. Y es que es imposible luchar con la ingente cantidad de noticias falsas, íntimamente ligadas a la inmigración, que campan a sus anchas por todo el planeta. Y cuando no totalmente falsas, sesgadas para potenciar las percepciones señaladas en el punto anterior.

Está comprobado que la información falsa llega más lejos, más rápido y a más gente que la verdadera y que las correcciones o desmentidos a la noticia original sólo llegan a una pequeña parte de la población que ha recibido la primera. Si a esto le sumas un número descontrolado de medios digitales sin ningún tipo de ética periodística y twitter las redes sociales, se obtiene la tormenta perfecta. En 2022 se espera que la mitad de las noticias sean directamente “fake news” indudables, un buen negocio y una situación que no invita al optimismo.

Y además, se da el curioso fenómeno que los lectores de “fake news” somos los más convencidos y menos dados a cambiar de opinión. No intentes convencernos de que los vales de 5.000 EUR a fondo perdido que dan en el ayuntamiento “solamente a los inmigrantes, sin requisitos y sólo por pasarse por la puerta” no son reales o de que no “viven mejor que tú y que yo”, porque nos os vamos a creer.

3. El miedo. El miedo a lo desconocido. El miedo al extranjero. El miedo al de afuera. Como animales sociales, también tendemos a intentar buscar zonas de confort, donde podemos generar y mantener una ficción en la que formamos parte de una comunidad uniforme de personas (generalmente, además, de manera muy curiosa, mejores y más buenas que las demás).

De los de fuera sabemos poco y lo poco que sabemos, casi siempre es malo. Y desconfiamos. De sus intenciones, de su cultura, del alcance de su presencia, de lo que podría llegar a pasar. Y nos genera un miedo que canalizamos mal porque al final, no se trata más que de pequeños “autoengaños” para evitar pensar que siempre, “los otros” de “los otros”, somos nosotros.

Sin ir más lejos, en España, casi el 80% de los delitos son cometidos por otros españoles, esa gente maravillosa que no nos da ningún miedo. Y en países donde los conflictos inmigratorios han sido más intensos como Alemania o Austria, la criminalidad bajó el año pasado (en un 9,6% con respecto al año anterior en el caso del país germánico y, en nada más y nada menos que un 14% con respecto a la década anterior, en Austria). A menos delincuencia, más paranoia. Who cares about the facts.

4. La falta de empatía. ¿Por qué no queremos que rescaten a los inmigrantes a la deriva en el mar? Básicamente, la respuesta a la pregunta sería nuestra incapacidad de ponernos en la piel de aquellos que están, efectivamente, en el mar. La nula empatía. La imposibilidad de pensar que el hecho de que ellos sean ellos y yo sea yo sólo ha dependido de una mera cuestión de azar.

Sin siquiera entrar a valorar los tratamientos “a posteriori” (las actuaciones después de ser rescatados), si en un debate alguien sugiere, normalmente de manera sutil (para que no se note tanto lo que estás insinuando), que la mejor alternativa es dejar morir a la gente, es mejor levantarse la mesa. Tarde o temprano se acabará extinguiendo.

Porque más allá de cualquier razonamiento, un ser humano no debiera poder justificar un abandono que implica la muerte de otro ser humano inocente. Que todos nacemos libres e iguales parece un mantra que sólo funciona bien en las películas.

5. Los intereses políticos. Ver a Pablo Casado haciéndose fotos con los inmigrantes después de haber azuzado todos los puntos mencionados en este artículo es absolutamente miserable. Pero EE. UU. y sus jaulas para humanos o Italia celebrando el rechazo de barcos de inmigrantes en su territorio (como una alegría incluso el día del derrumbamiento del puente de Génova) nos indican que solo es un principiante intentando aprovecharse de un movimiento global e imparable.

Y aunque la evolución solo tiene un camino, esta va en ondas, no en línea recta. Y si nadie lo remedia, nos esperan décadas de notable recesión moral, justo en el momento en el que el mundo está más interrelacionado y todos más conectados que nunca. Y es que es tan fácil que hagamos gasolina mezclando al ser humano, la posverdad, el miedo, la falta de empatía y los intereses partidistas que ahora mismo no se nos ocurre ninguna fuerza capaz de pararla a tiempo.

Y aunque muchos pensaran inicialmente que la dureza de sus palabras le arrebataba cualquier capacidad de ganar, no es casualidad que Trump abriera su carrera a la presidencia con el mantra de los “Mexicanos solo traen droga, solo traen crimen. Son violadores”, aspirando a construir un muro, una pared ascendida a símbolo, que al fin, nos separara de “los otros” para siempre.

Sabía lo que hacía. Nunca nadie había sintetizado el movimiento tan bien en tiempos recientes.

Y así seguiremos de momento, con miedo a “los otros”. Ignorando que siempre somos “los otros” de “los otros”. Y siempre fingiendo que no sabemos lo que ya sabemos, que tan sólo somos los mismos animales nacidos en diferentes sitios de la caverna viendo sombras completamente distintas.

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