Andrés Calamaro en el Palau de la Música | CRÓNICA | El poder de la música y de las buenas canciones

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Andrés Calamaro en Barcelona

7/6/2016 Calamaro no nos cae bien. Decir lo contrario sería mentir. Sus ideas políticas, sus continuos ataques a la izquierda o su constante, pública y notoria defensa de la tauromaquia nos alejan en lo más profundo y nos desesperan cuando se las escuchamos día sí y día también en la prensa y en las redes sociales. Quizá, más mérito tiene cuando consigue que olvidemos esa manía personal que a veces nos despierta y que disfrutemos como si no hubiera un mañana con las numerosas joyas que guarda el repertorio de este argentino provocador.

Este martes, el embajador argentino por excelencia actuó en el Palau de la Musica, uno de los pocos recintos de la ciudad condal que le quedaban por conquistar (“Sólo me falta tocar en el Bagdad“), consiguiendo colgar el cartel de entradas agotadas. Abrió la noche con La libertad y continuó  con un set list sólido pero mejorable, en el que aparecían demasiadas obras menores y canciones más desconocidas para un público ávido de hits.  Y es que cuando tu cancionero guarda tantos himnos generacionales y canciones épicas, siempre se espera una mayor reivindicación del legado más legendario.

Sin embargo, cuando un concierto incluye obras maestras de la talla de Crímenes perfectos (“Me parece que soy de la quinta que vio el mundial 78“), Flaca o Estadio Azteca, que la gente ha hecho suyas desde hace tantos años y que el público al completo coreó a pleno pulmón, uno se siente sin legitimidad moral para criticar el resto de temas escogidos para el recital.

A lo largo de la noche, también hubo tiempo para la reivindicación de Los Rodríguez (7 Segundos o Para no olvidar), versiones de Gardel (El día que me quieras) y alguna que otra lectura de poesía para homenajear al boxeador Muhammad Ali.

Socarrón y vacilón, como suele, Calamaro, sabedor de encontrarse en un territorio más hostil de lo habitual, intentó pasar por alto sobre temas polémicos sin conseguirlo del todo. Y es que no puede evitarlo. Algunas referencias a los toros (interpretó dos canciones relacionadas con la lidia y cerró, tras un flojo bis, con la taurina “El tercio de los sueños“, toda una declaración de intenciones en una ciudad como Barcelona), las tribus, la república y de que como la luz y el agua se pagan solos sacaron al Andrés que lleva dentro. Sin embargo, todo quedó perdonado tras la interpretación de la magistral Paloma, uno de los momentos álgidos de la noche y por la que el público consideró la entrada como más que amortizada.

Un simbólico beso al suelo del Palau servía como entierro del hacha de guerra con aquellos seguidores, entre los que nos encontramos, a los que a veces desquicia cuando no está cantando, y constituía, tal y como él lo llamó, un icónico “beso a toda la ciudad de Barcelona”. Y es que a veces, la música puede con casi todo. Sobre todo, si tienes en tu haber  canciones tan sublimes como Media Verónica,  tan buena que puede hacernos olvidar  unos segundos las referencias taurinas que la protagonizan. Muy simbólico de lo que es y representa, Andrés Calamaro. 7

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