“Julieta”, de Pedro Almodóvar | CRÍTICA | El director manchego recupera el equilibrio desde el silencio y la incomunicación

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Julieta

Julieta es,  ante todo, un viaje emocional complejo y reposado. Doloroso. Y un intenso recorrido por el inmenso dolor que envuelve al personaje principal. Una mujer abatida, ausente, rota, que el director ha sabido entender y retratar a la perfección, devolviendo a su cine la grandeza perdida en la broma innecesaria que fueron Los Amantes Pasajeros.

Con una campaña promocional lastrada por los papeles de Panamá y por las polémicas creadas a raíz de la mala relación entre las lobas mediterráneas protagonistas, Julieta corre el riesgo de verse injustamente lastrada por razones extracinematográficas, algo que sería radicalmente injusto cuando estamos ante el Almodóvar más inspirado de los últimos tiempos.

Densa y abrupta, dura pero comedida, es una película Almodovariana en el sentido más austero del término, incluyendo los numerosos trucos que el director efectúa ante el espectador como un hábil prestidigitador y que le llevan por caminos equivocados en varias escenas de la película en los que el manchego parece querer jugar al despiste con  los más fervorosos seguidores de su filmografía.

Como viene siendo habitual en sus películas, Pedro realiza una dirección de actores actrices impecable. Emma Suárez y Adriana Ugarte están inmensas en su papel, especialmente la primera, cuyo primer plano condensa la película. Su Julieta resulta, desde la contención y la sobriedad, un personaje devastador y desgarradoramente triste. Auténtico. El manchego afirmaba en sus entrevistas que no quería una Julieta excesiva, emocional, al borde de un ataque de nervios. Quería mostrar a una mujer lastrada por años de insufrible dolor. Y las actrices han sabido ilustrarlo con nota, ayudadas de unos secundarios solventes (encabezados por Inma Cuesta y Rossy De Palma, el único contrapunto mínimamente cómico de la asfixiante atmósfera del metraje), a la perfección.

El silencio (su título original, de hecho) y la incomunicación funcionan como un personaje más del film. Un protagonista. Son el eje de la trama y sirven como un engrasado nexo de unión a la historia.

Sin embargo, no todo es desolación en Julieta. También hay un hueco, pequeño pero clave, para la esperanza en medio de un recorrido tan gris oscuro, casi negro. Ese “No le voy a pedir explicaciones” que cierra este trabajo resulta toda una declaración de intenciones en una película en la que la maquinaria Almodóvar, más equilibrada que nunca, vuelve a funcionar a pleno rendimiento, sentenciándola a formar parte del montón bueno de la filmografía del manchego. Chavela Vargas hace el resto.

Sin excesos. Sin carencias. Julieta.

El equilibrio es invisible, pero está ahí.

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8,2 / 10

https://www.youtube.com/watch?v=NHkGsbz8rLY

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