Reportaje | Corrientes circulares: la experiencia del tiempo en las canciones de Los Planetas

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Corrientes circulares: la experiencia del tiempo en las canciones de Los Planetas

Este artículo, que continua el ciclo-homenaje de NETP al mítico grupo Los Planetas iniciado con “Dos décadas en el motor de un autobús”, se detiene en la representación del tiempo en las letras del grupo de pop independiente español Los Planetas, de Granada, desde su primer disco, Super 8 (1994) hasta el último Una ópera egipcia (2010), en los que por cierto incorporan las influencias del  flamenco a su sonido. En ellas, como sugiere el título de una de las canciones, el tiempo parece moverse en corrientes circulares, siempre vuelve al punto de partida, mientras el sujeto lírico se debate en intentos infructuosos de romper esa temporalidad, de olvidar un amor desgraciado, de superar la presencia paralizadora del recuerdo o de cambiar de vida. Esos intentos, sin embargo, a menudo no pasan de bravatas que se agotan en sí mismas. La única alternativa parece ser la evasión a otra temporalidad, que no parece tener efectos en el ámbito de la experiencia. Esa experiencia del tiempo se propone, por una parte, como una  representación consustancial a la cultura de masas, que constituye ella misma una ruptura de la linealidad temporal y se presenta, además,vinculada al imaginario de la generación de los  que fueron jóvenes a principios de los años 90 (la mía), que es la que asistió en España a la cancelación de las expectativas de cambio, la que dejó de confiar en que el futuro sería necesariamente mejor.

Míticos

Podría escribir la historia de mi vida hilando canciones de Los Planetas. Cuando leí el cómic de Juanjo Sáez para la antología Principios básicos de astronomía descubrí que no soy  el único. Le sucede sin duda a muchas personas de mi generación. Las envolventes guitarras  capitaneadas por Florent, la peculiar voz de J. insospechadamente expresiva fundiéndose en un espeso telón sonoro, todo ello sincopado enérgicamente por la batería de Eric, conforman  una suerte de banda sonora de momentos diferentes de mi vida, de espacios, de sensaciones,  de sentimientos.

Pero no quiero decir que escuchar una canción de Los Planetas me lleve al año de su publicación, o al tiempo en que la escuché por primera vez. Es verdad, por ejemplo, que siempre que hablo de Los Planetas me acuerdo de personas con las que apenas tengo contacto ahora. Por ejemplo, mi viejo amigo Juanfe, que entró en mi vida hablando de canciones de Los Planetas, y desapareció como entonando una de ellas. Pero no es eso. Es un extraño fenómeno doble.

A veces me sucede que estoy viviendo y de pronto un verso resuena en mi cabeza. Por ejemplo, gana las elecciones el PP en España, y me encuentro cantándome «y se acaba la película / y los malos van venciendo». O, más angustiadamente «Si por casualidad alguien oyera esto / y dentro de mil años existiera algún invento / que le permita desplazarse por el tiempo, / que venga a salvarnos mientras pueda hacerlo» («Que no sea Kang, por favor», 2000). O, incluso en versión airada: «para mí es degradante que mi destino / esté regido por estos cerdos fascistas» («Mis problemas con la justicia», 2002). O camino por una plaza entrañable del centro de mi ciudad arrasada por el urbanismo especulador de los poderes municipales y me digo: «Van a hacer una película con banqueros y abogados. / Esto sólo puede ser el decorado» («Canción del fin del mundo», 2004). Y por supuesto otros momentos personales que no puedo nombrar aquí aparecen narrados convincentemente –emotivamente- en canciones como «Brigitte» o «Pesadilla en el parque de atracciones».
Pero a veces funciona en otro sentido también. Pongamos que escucho un disco cualquiera de Los Planetas en un momento cualquiera de mi vida. Y de pronto, una canción, anteriormente menor, en la que no había reparado nunca, resulta estar aludiendo de manera incontestable a mi momento presente. Esa canción parece haber estado esperando agazapada en las profundidades del disco conteniendo virtualmente ese momento, y esperando tan solo el instante preciso de activarse.

Portada del clásico Una semana en el motor de un autobús

Por eso creo que las canciones de Los Planetas son como cápsulas del tiempo,  destellos flotantes en el mundo paralelo de Toxicosmos que de pronto irrumpen aquí y allá en el mundo real, en lo que cada uno de nosotros siente que es el mundo real, y lo marcan para siempre («las secuelas de los viejos días / estarán conmigo el resto de mi vida»), y vuelven a internarse en un bosque con dólmenes, o entre las farmacias del espacio. Las canciones de Los Planetas describen, en efecto, como dice una de ellas «Corrientes circulares en el tiempo».

Esto, es verdad en general en la música pop, como señala José Luis Pardo (2007). O para ser más exactos, la música grabada, reproducida técnicamente. Cada vez que ponemos un disco, o, hoy en día, cada vez que lo convocamos digitalmente en nuestro dispositivo, volvemos al momento en el que aquella canción fue grabada. O a los tiempos en los que fue grabada, porque el tiempo de la ejecución original no es el de la grabación sino el de la producción, el de la mezcla. Una grabación es en sí misma una suspensión del tiempo, una superposición de los tiempos sucesivos, una abolición de la linealidad. Pero incluso aunque haya una interpretación original, aunque una canción haya sido grabada de una sola vez en un solo corte, en la grabación de un concierto en directo, por ejemplo, cada vez que lo escuchamos aquel tiempo es aquel tiempo pero también este. Sobre todo este. Este tiempo y este espacio. Por eso, como escribí en otra ocasión (2002), las más felices canciones de Víctor Jara proclamando el futuro brillante que le espera al pueblo chileno suenan siempre ya como profundamente, irreversiblemente, melancólicas.

Es la versión musical de la muerte del aura proclamada por Walter Benjamin. Pero la muerte del aura siempre tiene un reverso, y es recordarnos que existió. En realidad, el aura solo es perceptible después de muerta, y entonces reaparece como fantasma. Las primeras ediciones, los ejemplares firmados o dedicados de una serie reproducida técnicamente son los fantasmas del aura. Pero, paradójicamente, tan poderosos o más que el aura cuando todavía vivía, porque reemergen sobre las condiciones de su desaparición, toman cuerpo en uno de los ejemplares idénticos que sellaron su muerte.

El tiempo de la cultura pop es un tiempo circular. «The times they are a changing», cantó un profeta en sus albores. Los tiempos están cambiando, pero sin concretar muy bien hacia donde. «Así que algo importante / está a punto de ocurrir», cantan Los Planetas muchos años después. Los tiempos están cambiando, pero para volver a recomenzar, para volver a anunciar el cambio incógnito de dirección. Algo nuevo está siempre por comenzar, pero nunca llega. Se anuncia una y otra vez, y antes de concretarse es sustituido por un nuevo anuncio de la inminencia. Los tiempos pop están cambiando siempre pero se mueven en corrientes circulares.

Una de las peculiaridades entonces de Los Planetas es que tematizan esto en sus canciones, este constante recomenzar, ese tiempo alternativo, eterno presente –Nietzsche, y con él Pardo (2007: 359) lo llamaría Aiôn- que interpenetra el Cronos aquí y allí,  simultáneamente, discontinuamente. Los títulos de los discos de alguna manera lo teorizan: el primero se titula Super 8 (1994), en un ejercicio de arqueología de la reproductibilidad técnica. El segundo, programáticamente, Pop (1996). Y a partir de ahí encontramos títulos como Una semana en el motor de un autobús (1998), Unidad de desplazamiento (2000), Contra la ley de la gravedad (2004) o La leyenda del espacio (2007), ejercicio este último por cierto de repetición, apropiación planetaria, homenaje y desplazamiento concéntrico del original auráticamente perdido de Camarón que, lo que son las cosas, se titulaba La leyenda del tiempo (1979). Todo ello aparece ironizado en el título de un EP de 1999: ¡Dios existe!: El rollo mesiánico de Los Planetas.

«Me quedé dormido un momento / y los valles se cambiaron por desiertos / por obra y gracia del que controla el firmamento / el que decide que ande perdido en corrientes circulares en el tiempo», pueden cantar entonces. La alternativa, sin embargo, no deja de ser igualmente circular: «Quiero que estés aquí / quiero que estés dando vueltas a mi lado todo el tiempo / en nueve órbitas concéntricas y yo estar en el centro» («Corrientes circulares en el tiempo», 2002). Y es que la felicidad consiste en la suspensión del tiempo: «Si me muevo se podría despertar. / Dejará que esté con ella. / Yo podría ser su esclavo / Ahora ya no necesito más /

Entonces se despierta, y me mira / y sé que nada va a pasar» («8», 1996) O, como dirán en versos populares: «Antes de dejar, gitana, / de quererte y adorarte / se habrán secado los mares / y la luz de la mañana» («Alegrías del incendio», 2007). Pero la pérdida, el abatimiento también: «¿Qué puedo hacer si no puedo hacer nada / para acabar con algo que no acaba?» («Desorden», 1994). O : «Una pena impertinente / reina en mí de noche y día» («Virgen de la soledad», 2010). Y es que, «La veleta, si el aire no la mueve / se queda quieta» y «si yo soy la veleta / tú eres el aire» («La veleta», 2010).
Es curioso, de hecho, como en algunas canciones el fracaso amoroso es simplemente una cuestión de inadecuación temporal: «No sé cómo te atreves / a venir a decirme que me quieres / cuando yo te he suplicado muchas veces / y jamás me hiciste caso» («No sé cómo te atreves», 2010). Los protagonistas se encontraban simplemente desincronizados en su transcurrir orbital: «Así que te de pedí lo menos y no quisiste darme nada / Y ahora que ya no te quiero, me llamas, me llamas» («San Juan de la Cruz», 2002).

La leyenda del espacio es el reverso de la leyenda del tiempo. Por ello entonces es posible detectar toda una serie de canciones que de manera más o menos lisérgica tratan de romper esa circularidad a partir de la que parece la única manera posible: la abolición del tiempo. Y esa resulta ser muchas veces otra forma posible de la temporalidad, saltar a un lado, o más arriba, o afuera y simplemente ignorar el terco girar de las esferas. «Tomamos cualquier cosa / y viajamos en alfombras / y todo parece distinto. / Siempre es otro sitio» («Jose y yo», 1996). O también: «Al decir las palabras adecuadas / se abrirán ante ti laberintos y ventanas. / El caudal de las más cálidas aguas / te traerá al lugar donde nunca falta nada» («Experimentos con gaseosa», 2004).

Jota & Co

Y ese lugar es precisamente allí donde termina la circularidad, es decir, «donde empieza el arco iris / y empieza lo demás», «donde empieza el infinito / y acaba la espiral» («El espíritu de la navidad», 2002). Es el escenario de la repetición anacrónica: «Caminamos por colinas / de cebollas y metal, / por recuerdos de otras vidas / cosas que han pasado ya». Y entonces, también, el espacio ucrónico de la abolición del sentido. Y ese más allá de la realidad vivida, la absoluta simultaneidad que estalla ignorando la sucesión que resultaba circular es entonces el espacio perfecto de la única felicidad total, entendida como tregua del deseo, como suspensión del castigo circular de Sísifo. «Y estallan los sentidos / en colores aún por inventar. […] / Y rezamos / para no volver jamás» («Toxicosmos», 1998). Porque de hecho, la mayoría de las canciones se mueven en este marco circular.

A veces, se hunden en la tristeza más absoluta, en una desolación que, como vimos, es un aparente estancamiento tenebroso del tiempo. Y entonces emerge el tono del lamento: «¿Qué cambió y no debió cambiar? / ¿y qué cambió y no debió hacerlo?» se preguntan «Estos últimos días» (1994), que se reactualizan cada vez que escuchamos la canción. «Cuántas veces lo intenté. / Y no sirvió de nada. / De un millón de formas lo intenté. / Y no sirvió de nada», comprueban en «Parte de lo que me debes» (1998).

Hay ocasiones en que la vuelta parece imposible, la devastación es tan absoluta que detiene el tiempo: «Me estoy quedando sin fuerzas, / sólo espero ya la muerte. / Me falta sangre en las venas, / mi corazón se retuerce» («El canto del bute», 2007). o «Ya no me asomo a la reja / que me solía asomar. / Que me asomo a la ventana / que hay en la soledad». («Ya no me asomo a la reja», 2007), o también «Los tormentos de mis negras duquelas / no se los mando ni a mi enemigos» («Romance de Juan de Osuna», 2010). Estos últimos ejemplos, por cierto, permiten comprobar como la selección del repertorio del flamenco que realizan en sus últimos discos se integra perfectamente en el universo lírico planetario. Porque, en estos casos, y ahora en sus propias palabras, sucede que «volví al lugar donde me crié / sólo para
darme cuenta de que no hay nada que / pueda curar el daño que me hiciste» («El artista madridista», 2002).

El paisaje en ocasiones se eleva a un plano mítico pero no sirve para escapar de la experiencia, sino que la metaforiza, es su alegoría. En esos casos, se torna desolado. O bien el sujeto vaga en un espacio solitario en vísperas de la destrucción total: «Perdido en este bosque / sabiendo que no tardará en arder, / y sólo quedarán cenizas» («Tierras altas», 2000). O bien, se enfrenta literalmente a un escenario postapocalíptico: «Saldré / para ver que han destruido esta vez. / Catedrales milenarias, las promesas más sagradas. / Y sé que no habrás dejado casi nada en pie» («Anuncio para coches», 2000).
Muchas veces el tormento tiene la forma del recuerdo.

La memoria actualiza el dolor, lo hace retornar una y otra vez, lo convierte en siempre presente. A veces es el recuerdo del dolor: «El verano que fue una pesadilla. / Si me acuerdo me duele todavía» («La playa», 1998). Otras, es la pérdida lo que parece irreal, y así se condena a repetirse una y otra vez: «A veces pienso que tan sólo ha sido un sueño / y que aún estás aquí» («Brigitte», 1994). El fantasma del aura a veces duele en las fotografías: «He encontrado algunas fotos / que hace tiempo no miraba. / Estos recuerdos parten mi alma» («Desorden», 1994). En esos casos, se escuchan «risas de otro tiempo / en mi cabeza» («La casa», 1994). O también el sonido de aviones despegando: «En el sitio en que vivías / cuando estábamos saliendo, / escuchábamos aviones despegar / aunque estábamos muy lejos» («Aeropuerto», 1996).

Los momentos catalogados en el recuerdo como perfectos no dejan de volver, de hacerse sentir simultáneamente como inmediatos y como irrecuperables. «Ese viaje que hicimos / no lo voy a poder olvidar. / Pasan imágenes por mi cabeza / que apenas me dejan estar» («La cara de Niki Lauda», 2000). Y entonces se resisten a ser sepultados por la cotidianidad, como muestra la canción «Un buen día» (2000), crónica detallada de placeres menores, permanentemente amenazados por el recuerdo doloroso: «He bajado al bar para desayunar / y he leído en el Marca / que se ha lesionado el niñato. / Y no me he acordado de ti / hasta pasado un buen rato» o «He puesto la tele y había un partido / y Mendieta ha marcado un gol / realmente increíble. / Y me he puesto triste / el momento justo antes de irme». Y al final: «Y no he vuelto a pensar en ti / hasta que he llegado a casa, / y ya no he podido dormir /
como siempre me pasa».

De este estado arrancan a veces bravatas potentes y contagiosas que parecen escribir su inanidad en su propia desmesura: «Puedo hacer que no haya Sol, / puedo hacer que no lo veas / y que nadie nos recuerde nunca más» («David y Claudia», 1996) o, contra un enemigo genérico y opresivo: «Cuidad vuestros negocios y vuestras familias / porque vamos a mostrar vuestra misma piedad» («Ciencia ficción», 1998). A veces se proyectan a un futuro ilusorio, superador de la frustración presente: «Cuando todo esto haya terminado /y no importe demasiado lo que digan. / Cuando no estés ya, / y no haya nadie más» («Himno generacional #83», 1996). Cuando eso suceda, entonces «todo cambiará, / no volverá a ser igual» («Ondas del espacio exterior», 1996).

A veces, el sujeto se cubre las espaldas, anticipando la posible frustración: «si te quedas conmigo / será el destino el que decidirá, / en el peor de los casos lo que nos va a pasar, / pero si eliges el otro lado, el sitio equivocado, / ni siquiera nos gustas, puedes perderte ya» («Temporalmente», 2002). Otras, en el momento de la derrota, cuando el sujeto está recibiendo «el golpe de gracia», sueña con futuras e improbables venganzas: «Cuando no te puedas mantener en pie, / y ya no te quede nada por beber. / Y tengas que volver […] / lo que tienes que decir / es algo que no quiero oír» («Desaparecer», 1998), o, explícitamente: «Llévate lo que puedas esta noche. / Mejor que no te dejes por aquí / nada que pueda sostenerme / porque si sobrevivo voy a volver a por ti» («El golpe de gracia», 2004).

Se sueña con un momento de justicia poética en que se cambien las tornas: «Si necesitas una mano / ya sabes donde tienes que llamar / para que te den de lado, / que yo estaría encantado / si pudiera devolverte la mitad / de lo mismo que me has dado» («El golpe de gracia», 2004). Será ese día en el que «vas a recibir por esto / justo lo que te mereces» («El canto del bute», 2007), algo que en realidad se confía tan sólo al destino: «tiene que llegar el día / en el que llores por mí / lo mismo que yo estuve llorando / cuando te fuiste de aquí» («Atravesando los montes», 2010). Porque «puede que pienses que va a ser el fin de mis días, / pero cariño no he terminado todavía» («Vas a verme por la tele», 2000).

A veces lanza maldiciones que expresan líricamente el despecho: «Santos que yo te pinte / demonios se tienen que volver» («Santos que yo te pinte», 2000). A veces se demoran en minuciosos exabruptos que conjuran la propia debilidad: «Quiero que sepas que me he acostumbrado / a tus putas escenas de «ahora me largo». / Lárgate ya de verdad / que sería una suerte / si no vuelvo a verte / en los próximos años. […]. // Así que ya sabes que espero /que acabes pegándote un tiro / cuando veas lo imbécil que has sido, /cuando veas que lo has hecho fatal» («Pesadilla en el parque de atracciones», 2002)
Todas las bravatas, todos los sueños de venganza o de desquite, son pura potencialidad, ausencia de acción, deseo de que las cosas cambien o al menos que el tiempo circular en algún momento favorezca al sujeto, que aprovechará entonces su oportunidad. El tiempo se impulsa hacia adelante en un gesto que se agota a sí mismo en su propia violencia.

Muchas veces el cantante convierte los textos en enfáticas declaraciones de intenciones. «No será peor de lo que era, no. / Seguro que es mejor» («Cumpleaños total», 1998). A partir de ahora las cosas van a cambiar, todo va a ser diferente. «Podemos irnos juntos lejos de este mundo tú y yo», por ejemplo («De viaje», 1994). O «No me importa lo que va a pasar. / No voy a seguir así ni un día más. Hoy no quiero ser yo. / Quiero probar algo nuevo», por ejemplo («Nuevas sensaciones», 1994). En este caso el cambio implicaría la discontinuidad identitaria.

El cambio propuesto puede ser negativo, y entonces consistir en dejar de hacer algo que el sujeto no puede evitar hacer: «Y mientras fuera en la calle llueve sol como miel, / no podrás obligarme a salir / otra vez» («Rey Sombra», 1994), porque «he cambiado de opinión / ahora quiero estar mejor» («Ciudad azul», 1996). Este gesto puede desplazarse incluso hacia la rebeldía individual frente a la sociedad: «Me niego a seguir vestido de amarillo, / del color de las baldosas / que hay en el camino» («Deberes y privilegios», 2004). «Voy a dejar de perseguirte todo el tiempo», puede proponerse en firme en «Memoria de evasión» (2000).

Para conseguirlo, sin embargo, pide el auxilio de uno de los dioses pop para que precisamente reafirme y acelere la condición circular del tiempo: «Fantasma de Bruce Lee / si puedes en los sitios importantes / devuélveme a como era antes». A veces, la duda amenaza el propósito nada más formulado: «Mi vida va a ser mejor de lo que fue. / ¿Qué va a pasar si no lo es?»  («Montañas de basura», 1998).

Porque el sujeto es consciente de la precariedad de ese propósito. En «Mil millones de  veces» (2002) pasa de expresar lastimeramente su propósito de enmienda («si te quedas esta  noche nada más, / prometo que voy a cambiar»), a trocar en agresiva esta debilidad. Primero pasa a la amenaza («si descubro que me vuelves a engañar, / no te voy a perdonar») y después a la fantasía de desquite que ya le conocemos: «si de pronto no te queda dónde ir, / no vengas a buscarme a mí».

Interesante en este sentido es la «Canción para ligar (o para que no me dejes») (2000), en la que el sujeto explicita la precariedad de sus propósitos de enmienda y trata de convertirlos junto a la desnudez con que se exhiben en argumentos para la súplica. La desolada melodía subraya este colapso del semblante: «No te puedo prometer que cambiaré. / No sé si podré hacerlo. / Pero sé / que eres todo lo que quiero. […] No puedo decir que voy a estar allí /cuando más me necesites, /pero puedo intentarlo si lo pides. / […] Porque te quiero más que a nadie. / De eso estoy seguro, / por mucho tiempo que pase».

Con mucha frecuencia las canciones escriben completa esta circularidad, este movimiento de vaivén, y se constata la imposibilidad del cambio («¿Qué puedo hacer / si después de tanto tiempo / no te dejo de querer»?, «Qué puedo hacer», 1994), o la condición infructuosa de los intentos («Lo intento por quinta vez y me parece sagrado, / y mientras lo intento veo cómo te vas evaporando», «Laboratorio mágico», 1998).

En alguna ocasión se enfrenta al objeto de deseo para preguntarle directamente «Dime de quién / es el trozo de tu corazón que no puedo tener. / Dime por qué / por más que lo estuve intentando nunca lo encontré». A ello, una voz femenina, la de Irantzu Valencia, responde: «Lo tengo escondido en el mar / para que no puedas llegar / para que te ahogues cansado de tanto nadar» («Y además es imposible», 2004). Los fracasos reiterados no impiden la persistencia: «Lo he estado intentando. / Dios sabe que es verdad. / Y aunque cada vez parece más difícil, / voy a intentarlo una vez más» («Plan de fuga», 2000). O «pero hace tiempo que me olvidó, / y desde entonces la estoy buscando, / para ver si se ha perdido / entre las flores del campo, / para ver si se ha perdido / entre planetas girando» («Entre las flores del campo», 2007). Y es que «nunca escucho, nunca aprendo, / no sé que pasa que nunca me entero de nada» («Nunca me entero de nada», 2004).

Aunque la canción que mejor expresa este motivo es sin duda la desoladora «Linea 1» (1998). En toda ella, el sujeto va desgranando los buenos propósitos que iban a convertir ese día en un punto de inflexión en su vida: «Iba a hacerlo esta mañana. / Levantarme de la cama. / Comprar algo de comida. / Empezar con otra vida». El pretérito imperfecto con que se abre el texto indica ya que estos proyectos han sido abandonados. «Y a ordenar por fin la casa, / y lavar estas dos mantas, / y recuperar mis discos, / y unas cosas que he perdido». En efecto, la canción se cierra con la amargura de la reincidencia. «Y después pensé: ¡mejor que no! / y puse la televisión. / Subí a pillar un poco más, / después de todo esto no está mal». La línea 1 a la que hace referencia el título es la del autobús que lleva desde el centro de Granada al Polígono industrial, lugar habitual de venta de droga. «Lo coges en la Gran Vía, sigues por la avenida de la Constitución, enfilas por la de Pulianas y Sánchez Cotán, giras a la izquierda por la calle de la Casería del Cerro y allí, si acaso, ya preguntas» (Cruz, 2011: 83).

En una ocasión al menos el intento infructuoso corresponde a la propia escritura: «Intento captar el momento / para mandártelo en una postal, / pero no puedo encontrar mi guitarra / y cuando la encuentro no la puedo afinar» («Sale el sol», 2004), y en otra a la lectura: «Seguimos intentando descifrar / la trama absurda de la realidad» («Sol y sombra», 2007).
Es significativo también que uno de los textos populares flamencos incorporados a su repertorio sea la famosa cuarteta popular que declara la condición fantasmática del deseo: «Deseando una cosa / parece un mundo. / Y una vez que se tiene / es solo humo» («Deseando una cosa», 2007). A partir de ahí, una vez puesta en duda la consistencia del objeto, cualquier intento sólo puede estar destinado de manera ontológica al fracaso. En cualquier caso será el punto de partida de una nueva insatisfacción y de una nueva trayectoria circular.

Las canciones de Los Planetas, como la modernidad, son una constante inminencia que nunca llega a concretarse: «Así que algo importante / está a punto de ocurrir» («Una nueva prensa musical», 1996). Los tiempos están cambiando, pero nunca acaban de hacerlo. Ahora además, el sujeto ya no tiene ninguna esperanza en su capacidad de acción, individual o colectiva. Lo único que puede hacer es esperar de manera ansiosa. Literalmente, entonces, el tiempo es todo lo que pasa: «Sentado esperando a que llames, / rezando por que des una señal, / los días cada vez van más despacio / y solamente puedo esperar» («Segundo premio», 1998).

Acabo de escribir estas líneas en un día lluvioso. Ayer fueron las elecciones generales y el Partido Popular se prepara para asumir de nuevo el poder. Otra vez, utilizo canciones de Los Planetas como banda sonora para este momento de mi vida, de la experiencia colectiva.
En este caso, previsiblemente, escojo algunas de sus canciones postapocalípticas.

Entonces recuerdo una noche de primavera. Ante la puerta de la Facultat de Filología, un grupo de estudiantes discuten animadamente de política. El día anterior se celebraron elecciones municipales y el Partido Popular las ha ganado en la ciudad de Valencia.

Los muchachos se debaten entre el estupor y la incredulidad. La capital de la República, la ciudad con una vida underground animada y apasionante, ha pasado a estar gobernada por los conservadores. Es como una anomalía histórica. En la facultad, a sus espaldas, todavía tiene un despacho el profesor emérito Joan Fuster. «Vaya cuatro años nos esperan», o algo parecido, comenta uno de los chicos. La noche era una de esas noches templadas de primavera por las que es tan hermoso ser joven en el Mediterráneo. Cuatro años. Una eternidad. Eso sucedía el 27 de mayo de 1991. Veinte años después, la misma persona que ganó aquellas elecciones sigue siendo la alcaldesa de la ciudad. Yo era uno de aquellos estudiantes politizados. Ahora han pasado tantos años como tenía yo aquella lejana
irrecuperable noche postelectoral. Y de pronto, una espiral y otra noche postelectoral, y es otoño.
Corrientes circulares en el tiempo. Cuando pasen cuatro años todo va a cambiar.

Cuando pasen cuatro años. Entonces de pronto, lo comprendo. Entiendo por qué me gustan  tanto las canciones de Los Planetas, porque nos gustan tanto a los que todavía éramos jóvenes  en los primeros años 90.
Los tiempos están cambiando, ahora mismo. Se nos dice a menudo. Pero mi generación, que es la misma de Los Planetas, nunca tuvo ninguna posibilidad real de  intervenir en ese cambio. O para ser exactos sintió que no la tenía, que nada dependía de nuestras acciones, que la obra estaba escrita y debíamos esperar pacientemente nuestro turno para decir nuestra línea del guión. Y el turno nunca acababa de llegar. Y cuando pasaba, pensábamos que la próxima réplica nos saldría mejor.

Y esa es la experiencia del tiempo en las canciones de Los Planetas. Y esa es la diferencia esencial con la generación anterior: a nosotros nos tocó salir a escena mientras los sabios decretaban el final de la historia, es decir, el final del tiempo, es decir, las corrientes circulares. Si las cosas iban a cambiar en ese remanso no iba a ser un cambio demasiado profundo, apenas un cambio de tendencia, un desplazamiento formal en las órbitas postmodernas y no iba a depender de una acción nuestra. Nosotros nos sentamos a esperar a que llamaran, a que dieran una señal. Nos pasamos la vida esperando nuestro momento, la ocasión del desquite. Llegando justo un momento tarde a los lugares, a los contratos, a las oportunidades. Queriendo a destiempo, siempre con el pie cambiado. Volviendo una y otra vez al principio. Y entonces nos agotábamos en bravatas espectaculares. En propósitos de enmienda. Porque a fuerza de intentarlo las cosas tenían que acabar por resultar. A partir de mañana las cosas van a cambiar. Van a ser mejor. A partir de mañana. Y qué pasa si no lo son, y al final resultaba que no lo eran, y nos encontrábamos en el punto de partida, y algunos decidían comprar un billete en la línea que llevaba a Toxicosmos. O eso, o nos quedamos atrapados, una semana tras otra, en el motor de un autobús.

Jesús Peris Llorca, Verba Hispanica, XX/2, 2012. pp. 229-242.

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